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La moda de dar culto al joven

 56724903_teenagers_377x171Una de las formas de inutilizar a los jóvenes para un proyecto vital es la de convertir en mito la juventud.

Algunas frases describen lo anterior como: «los jóvenes siempre tienen la razón»; «el futuro es de los jóvenes»; «sólo se es joven una vez en la vida».

Esta actitud lleva a ser excesivamente tolerante con los jóvenes. Por ejemplo, si uno de ellos comete una barbaridad, casi siempre surge un “adulto comprensivo” que comenta con aire de complicidad: «No tiene ninguna importancia, es joven; todos hemos sido jóvenes.

Si se tienen entre 18 y 30 años de edad está de suerte: será disculpado, adulado e incluso imitado por quienes están fascinados por esa etapa de la existencia.

Es correcto subrayar los valores y posibilidades de la edad juvenil, puesto que es la edad de los grandes ideales y de las grandes oportunidades; pero es incorrecto utilizar esa circunstancia como coartada para justificar todo tipo de conductas, incluidas las egoístas y las irresponsables.

Por ello, no culpabilicemos sólo a los jóvenes de esta mitificación de la edad; los adultos contribuimos más que ellos, al endiosar a los jóvenes por el sólo hecho de serlo, y no por desarrollar las excelsas virtudes de la juventud: la ilusión, la generosidad, la solidaridad, la justicia, el deseo de perfección, el sueño de un mundo mejor.

Un cantautor declaraba recientemente que: «la edad juvenil se ha convertido en un poder; se le da demasiada importancia a la juventud y se desprecia la experiencia.

¿Por qué hoy se halaga tanto a los jóvenes, por el sólo echo de serlo? Una de las razones está bastante clara —dice Gerardo Castillo— «para hacer negocio. La juventud es un artículo que actualmente se vende muy bien, tanto a los jóvenes como a quienes no se resignan a dejar de serlo. En todos los grandes almacenes, por ejemplo, existe una “sección joven”, en la que se puede comprar “ropa joven”, “música joven”, “literatura joven”, etc.».

Hoy basta dar el adjetivo «joven» a cualquier cosa para que sea más fácilmente vendible, ya que es una palabra de efectos mágicos. Por eso se utiliza lo joven y a los jóvenes como reclamo publicitario. Si se observan, por ejemplo, los anuncios de cualquier cadena de televisión, se comprueba que, en su mayoría, están protagonizados por jóvenes. ¿Cuál es la mejor forma de anunciar un refresco? Está muy claro: presentar una escena en la que un grupo de jóvenes muestran su «alegría de vivir» tomando ese refresco.

¿Qué es lo que hoy ha hecho posible esta nueva moda de rendir culto a los jóvenes no por sus valores, sino simplemente por sus posibilidades que tienen —en esa etapa de la vida— de pasarla bien? ¿Por qué tantos jóvenes aceptan complacidos la excesiva indulgencia y la adulación de la que son objeto?

Aparte de intereses de tipo comercial en los adultos y de voluntad débil en los jóvenes, habría que subrayar el ambiente social de conformismo y de mediocridad, que sofoca el afán de superación de muchos jóvenes.

Lo que los jóvenes necesitan no son facilidades y más facilidades para disfrutar de la vida; necesitan que se les ayude a encontrar algo que dé sentido y dirección a su vida. Ese «algo» es la vocación personal, el sentirse llamados a realizar una misión concreta que dé plenitud y autenticidad a la propia existencia.

La mayoría de los genios han sido personas «normales», simplemente han descollado en un sector de las ciencias o de las artes por haber seguido fielmente su vocación.

Los jóvenes necesitan, en vez de adulación, que se les incite a ir a las raíces de las cosas,  sin conformarse con tener una vaga noticia de ellas; también hay que pedirles que busquen la excelencia en todo, si limitarse a cumplir o a «pasarla bien», y que también sepan, desde el principio, que no lo podrán conseguir sin esfuerzo.

Si es tan «perfecto» ser joven y si además todo son ventajas, ¿por qué habría que empeñarse en ser otra cosa (adulto, profesional, padre o madre de familia…)? ¿Por qué habría que construir algo tan incierto y problemático como es el futuro cuando uno tiene un presente tan fácil y satisfactorio (un presente que, además, se prorroga de forma indefinida con la complicidad de los adultos)?

Dr. José Antonio López Ortega Müller


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Un consejo para padres de jóvenes y adolescentes: Paciencia… mucha paciencia

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La juventud es esa etapa maravillosa de la vida en que todo está por hacerse; en que nos sentimos capaces de cambiar el mundo, un mundo que los adultos nos entregaron muy deteriorado en todos sentidos;  en que somos tremendamente críticos con lo que las generaciones anteriores nos han heredado.

Pero, ¿qué significa la familia para los jóvenes? Porque ellos forman parte de una familia en la que los padres y abuelos son en parte responsables de los problemas personales y sociales que ellos ahora tienen que enfrentar. Sin embargo conviene ayudar a los jóvenes a reconocer también todo lo positivo que han recibido de sus mayores y a valorar la infinidad de buenas “herencias”  que también forman parte de aquello con lo que cuentan para realizar sus proyectos y sus ideales.

Cuánto deben los jóvenes a su familia es, sin embargo, algo que serán capaces de descubrir por completo cuando ellos formen su nueva familia; cuando ellos sean los responsables del mundo futuro que heredarán a sus hijos, y hayan dejado atrás las quejas y críticas sobre lo que han recibido. Sólo entonces entenderán en su totalidad cuán difícil resulta convertir en realidad lo que en la teoría se antoja relativamente fácil.

Bien se ha dicho que algunos hijos aprenden a ser hijos cuando empiezan a ser padres. Y es lógico. Desde la perspectiva de los hijos, la tarea de los padres como educadores se antoja en ocasiones bastante enojosa;  el condicionamiento o la negación de los permisos, así como de cosas materiales que ellos solicitan, les parecen generalmente enormes injusticias.

Pero una vez que cruzan la frontera de la paternidad, cuando tienen en sus brazos a su hijo, entonces adquieren la otra perspectiva, la de la responsabilidad de un nuevo ser humano que, estando destinado a ser algo grande, resulta demasiado pequeño.

Es natural que cuando se llega a la adolescencia, en el afán de estrenar la tan ansiada libertad –ante el descubrimiento de la amistad con los pares, de la relación con el otro sexo, el desarrollo  intelectual y de tantas capacidades, la ampliación del campo de los intereses personales, etc.–  los hijos se aparten de la vida familiar, huyan de la convivencia familiar y prefieran el ámbito social. En esa edad no es raro ni preocupante que prefieran estar con sus amigos que con su familia, como parte del intenso proceso  de madurez  que atraviesan, no sin sufrimiento para ellos y para sus padres. Pero la experiencia demuestra que cuando llegan a la adultez, a la edad del compromiso y la responsabilidad, revaloran a su familia, la cercanía de sus padres y hermanos; añoran los momentos felices pasados en el hogar familiar y hasta aspiran a replicar en su familia fundada los valores que, sin siquiera darse cuenta, fueron aprendiendo a vivir desde pequeños en su familia de origen.

A los padres de familia les animo a tener paciencia, a no desesperarse ante las actitudes de indiferencia, rebeldía, inconformidad, y espero que no de desprecio, de sus hijos. Les aseguro que tarde o temprano los hijos reconocen y agradecen todo lo que se ha hecho por ellos, perdonan los errores que todos los padres cometemos por más que haya sido de  buena voluntad y “por amor”, y finalmente expresan su amor de muy variadas formas.

La vida siempre compensa todos nuestros trabajos y esfuerzos, sólo hay que esperar…esperar largamente. Cuando veamos los frutos, la felicidad nos hará olvidarnos de cuánto tuvimos que esperarlos. 

O.F. María Teresa Magallanes Villarreal, directora y cofundadora del Centro de Ciencias para la Familia LOMA


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El desarrollo de motivos valiosos en los jóvenes

teensPor: José Antonio López Ortega Müller

No es posible la educación de la voluntad de los hijos o de los alumnos, si los padres y los profesores no despiertan en ellos motivos fuertes, valiosos y permanentes.

Para poder hacer algo que cuesta, se necesita quererlo hacer, es decir, poner en juego la voluntad. Los motivos son lo que mueven a la voluntad, se les llama también palancas de la voluntad. Es muy difícil aprender alguna cosa si no se espera conseguir algún bien a través de aquello aprendido.

La cuestión clave en el desarrollo de la voluntad consiste en la interiorización de los valores —un motivo es un valor interiorizado—. Por ejemplo, cuando un niño o un joven descubren que el estudio es un valor, ya no hay necesidad de decirle que estudie, porque lo hará por propia iniciativa. Ha tomado al estudio como algo propio, considerándolo un motivo. En la educación de la voluntad es necesario iluminar el entendimiento del educando, con el fin de que se incline al verdadero bien, y no a un bien aparente, entonces, la voluntad tenderá, efectivamente a un bien.

Esto exige informar a los hijos sobre la bondad y malicia de los actos; ayudarles a descubrir una jerarquía de valores, enseñándoles a distinguir entre verdaderos y falsos valores.

Los valores y motivos nobles, elevados, jerarquizados en torno a uno que les da unidad y sentido, constituyen el ideal. El ideal es la gran energía que mueve la voluntad.

La educación de la voluntad requiere despertar en los educandos ideas claras sobre qué es lo que quieren de verdad en la vida, sin confundirlo con los simples deseos, gustos o caprichos. Incluye, además, estimular sentimientos subordinados a esas ideas. Se trata de conseguir una inclinación positiva hacia lo noble, lo bello, lo bueno, lo verdadero, lo honesto, lo limpio, lo elevado. Para esto es necesario que los educadores —padres y profesores— sepan presentar de modo atractivo los fines valiosos que se logran con conductas morales buenas. Esto significa hacer atractiva la virtud, evitando que aparezca como algo propio  de personas extrañas, raras, tristes o antipáticas.

Las virtudes no se hacen atractivas rebajando la exigencia, yendo por la línea fácil, sino presentándolas tal como son, mostrándolas por medio del testimonio personal, viviéndolas con alegría, naturalidad y lucha diaria.

Este planteamiento va favoreciendo en el educando que su voluntad se enamore de los verdaderos valores y se decida a poner los medios para vivirlos, en medio de dificultades.

En la medida en que se ayude a los hijos a descubrir el valor que hay detrás de cada actividad, les facilitará encontrar el sentido a sus acciones.

Conviene, de todos modos, no exagerar la función del interés y de la motivación. En la vida hay situaciones que no agradan y que es preciso afrontar. Es bueno que los hijos se acostumbren a hacer cosas que no les gustan y a trabajar cansados y desmotivados. También es conveniente enseñarles a interesarse voluntariamente en aquello que en principio no les interesa, por ello, se requiere hablar de la necesidad y del valor del esfuerzo. Además éste debe presentarse como es, sin disfrazarlo con conductas menos exigentes. Hay que aclarar, por ejemplo, que no se puede aprender jugando, que no hay aprendizaje sin esfuerzo. Y añadir que el esfuerzo es empleo enérgico del vigor, brío o actividad del ánimo para conseguir algo realmente dificultoso.

Eugenio D’Ors decía que en la educación y en el aprendizaje es preciso evitar la superstición de lo espontáneo, que implica repugnancia hacia los medios fatigosos de aprender. Para él no hay educación ni humanismo sin la exaltación del esfuerzo, de la tensión en cada hora y en cada minuto. Por eso proponía rehabilitar el valor del esfuerzo, de la disciplina de la voluntad, ligado no a aquello que place, sino a aquello, que en ocasiones, displace. Añadía el mismo autor, que cuantos están sometidos a la superstición de lo espontáneo, han querido llevar hasta su extremo lógico la metodología de lo razonable, de lo intuitivo, de lo fácil, de lo atrayente, del interés sin conocimiento previo, han tenido que confesar si son sinceros, su fracaso.


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La relación entre hermanos: entrenadora para la vida social

988311_320521778087557_486421278_nHoy en día las familias tienden a ser muy pequeñas. No cabe duda de que la publicidad es capaz de cambiar la forma de pensar y de vivir de las personas. Son mayoría las familias que tienen un solo hijo o, cuando mucho, dos.

Yo me pregunto, ¿cómo influirá esta forma de familia en el desarrollo y la educación de los niños de hoy?

Hay muchas cosas que a los hijos únicos les será muy difícil aprender porque la relación de los hermanos en el ámbito familiar resulta un aprendizaje irremplazable de los valores sociales, que son exactamente los mismos que algunos valores familiares como: Respeto, comprensión, tolerancia, solidaridad, generosidad, cortesía, amabilidad, etc.

Entre los hermanos, hasta los pleitos resultan de gran utilidad en su educación cuando los padres saben manejarlos adecuadamente. A los papás les preocupa y les hace sufrir el que sus hijos se peleen, sin embargo con ocasión de esos pleitos los niños pueden aprender dos cosas indispensables para vivir en sociedad: defender sus derechos y respetar los derechos de los demás. Los papás pueden ayudar mucho haciendo ver a los niños cuál es el derecho de cada uno y motivándoles a llegar a una solución cordial por el reconocimiento de los mismos.

Es importante que los padres dejen claro a los niños qué le corresponde a cada uno. En la familia hay muchos bienes y espacios que podemos compartir con los demás, pero también existen cosas y lugares que son propiedad particular y espacio propio de cada uno.

Cuando esto se reconoce, se puede pedir a los niños que defiendan lo suyo y respeten lo ajeno. Esta es una regla básica de la convivencia humana; es lo que tendremos que saber hacer en el ámbito social, en nuestra relación con los demás.

La primera causa de competencia, envidia y celos entre hermanos es el cariño de los padres. Por eso los padres deben evitar comparar a sus hijos, así como mostrar preferencia por alguno de ellos, ya que esta preferencia por alguno es percibida por los hermanos como un rechazo hacia ellos.

Cada hijo necesita sentirse satisfactoriamente amado por ambos padres para evitar los celos que le hacen sufrir a el, a sus hermanos y hasta a los padres.

También es importante enseñar a los niños a pedir perdón así como a perdonar, ya que la convivencia familiar ofrece una y mil ocasiones para ello. Sin el desarrollo de estas dos habilidades, es prácticamente imposible cultivar unas buenas relaciones familiares.

O.F. Ma. Teresa Magallanes Villarreal
Centro de Ciencias para la Familia LOMA


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La familia: “vacuna” contra las adicciones

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“Los jóvenes que viven en una familia funcional están en menor riesgo de caer en adicciones”. Esta afirmación puede parecernos un poco aventurada, sobre todo si no tenemos claro lo que quiere decir “familia funcional”.

Hay que empezar por decir que no existen las familias perfectas, como no existen las personas perfectas. La familia es un conjunto de personas unidas por lazos biológicos, afectivos y/o jurídicos. Cada familia tiene un estilo particular que surge del conjunto de estilos personales de sus miembros y de la forma en que éstos se relacionan entre sí.

Una familia funcional, que no perfecta, es aquella en la que sus miembros se aceptan como son, con sus cualidades y defectos; en la que unos y otros tratan de ser mejores y de ayudarse entre todos a lograrlo progresivamente y en la medida de lo posible.

Eso no significa que no haya en las relaciones familiares roces, conflictos, disgustos y problemas. Sin embargo si la familia “funciona” como tal, eso –que es normal–, no lesiona el cariño y respeto que existe entre sus miembros. Obviamente el papel de los padres es fundamental para que la familia funcione. Si ellos logran resolver los problemas que haya en su relación conforme se vayan presentando, en vez de acumularlos hasta que resulten insolubles, estarán dando el mejor ejemplo a sus hijos sobre cómo construir una relación y convivencia armónica independientemente de las limitaciones y defectos individuales, propios y ajenos.

Cuando se vive así, y el respeto, amor y cariño entre los miembros de una familia no se cuestiona, pase lo que pase, se superan todos los escollos de la convivencia familiar que por consistir en relaciones continuas, íntimas, estrechas y variadas no está exenta de dificultades.

Los adolescentes y los jóvenes necesitan apoyarse en dos pilares importantes que tienen que ver con su vida familiar: el de saberse y sentirse amados, y por lo tanto aceptados incondicionalmente, y el de saberse y sentirse útiles, capaces de conseguir metas valiosas. Cuando la familia garantiza a sus miembros estos dos pilares, las adicciones dejan de ejercer una atracción sobre ellos. En esto también son los padres de familia quienes pueden ayudar a proporcionar a sus hijos esta “vacuna” contra las adicciones.

 

O.F. Ma. Teresa Magallanes Villarreal

Centro de Ciencias para la Familia LOMA