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¿Qué se requiere para educar el carácter?

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ImagenEn la juventud existe, normalmente, la necesidad de llegar a ser un hombre o una mujer de carácter. No nos estamos refiriendo sólo a su concepto psicológico (una forma peculiar de ser) sino, más bien, a su concepto ético (forma de vida moral asumida por cada persona).

El término «hombre o mujer de carácter», según Lersch, se atribuye a aquellos sujetos que en su actitud volitiva y en su modo de pensar están organizados de tal forma que revelan, por razón de la educación, una plena responsabilidad y consecuencia en su obrar y, por lo tanto, una regularidad en la conducta, así como también, en la firmeza y directriz unívoca de la vida, encaminándola hacia los valores éticos.

Cuando se considera al carácter desde su significación psicológica, se está designando cómo un individuo hace uso de sus distintas facultades para enfrentarse al mundo, diferenciándose de los demás, pero sin la exigencia de un ideal ético. Hay individuos que tienen un acusado sentido psicológico, pero carecen de sentido ético.

En la etapa juvenil —más claramente que en la etapa adolescente— aparece una evolución moral considerable. El joven empieza a ser una persona de carácter cuando se dispone al seguimiento constante y fiel de un ideal, eligiendo libremente los valores rectores de la vida y esforzándose por adquirirlos.

Juan Pablo II, gran conocedor de esta cuestión, exhorta a los jóvenes diciéndoles: «Modelad vuestro carácter mirando a Cristo (…). Vale la pena aceptar ahora la autodisciplina, que no sólo indica fuerza de carácter de vuestra parte, sino que ofrece también un servicio valioso a los demás (…). Esforzaos por formaros un carácter que sea fuerte, rico y coherente; que sea libre y responsable, sensible a los valores verdaderos; un carácter que asuma la superioridad del «ser» sobre el «tener», que aguante frente a los retos y tentaciones de la evasión, el compromiso fácil y el cálculo inhumano y egoísta».

Al principio se refiere a Cristo, el eternamente joven, como verdadera meta y camino, ya que el modelo para lograr ese carácter no puede ser el hombre, puesto que es incapaz de afrontar con sus solas fuerzas las insidias del mal.

Para ser «un hombre de carácter», Remplein propone que el joven debe protagonizar un proceso de maduración con dos sucesos: 1) la estabilización de la orientación personal de los valores, lo que constituye el núcleo del carácter, y 2) la constancia en la realización de los valores preferidos, formalizándose la «cristalización del carácter».

La educación es un resultado y un proceso. Se entiende por resultado la consecución de un cierto grado de perfección, de mejora personal, que antes no se tenía. El proceso se da cuando de manera constante y apropiada se ejercita la inteligencia y la voluntad.

Una adecuada educación consigue el desarrollo de una voluntad fuerte, decidida, tenaz, utilizando para ello el esfuerzo, la fuerza de ánimo y el autodominio. Sin embargo, esto no basta, ya que también quienes hacen el mal, son capaces de esforzarse, de ser tenaces, etc. Se necesita, además, orientar la voluntad al bien, procurando actuar conforme a las normas morales objetivas, para adquirir una «voluntad buena», mediante la repetición de actos morales buenos, tratando de no confundir el bien con la satisfacción de cualquier capricho.

Conviene destacar que toda educación (intelectual, afectiva, social, etc.) debe incidir en la voluntad, ya que esta facultad gobierna toda la vida psíquica. La bondad y utilidad de las restantes facultades y capacidades, dependerá del modo cómo la voluntad las utilice.  Por ejemplo, la educación de la afectividad requiere del control o autogobierno de las emociones y sentimientos por parte de la voluntad.

En la actualidad el papel de la educación de la voluntad adquiere especial relevancia, ya que parecen dominar el hedonismo, la superficialidad, el consumismo, el subjetivismo, el permisivismo, entre otros males. Tomás de Aquino afirma que «por la voluntad usamos de cuanto hay en nosotros, y por eso no se llama bueno al hombre con gran entendimiento, sino al que tiene buena voluntad».

Dr. José Antonio López Ortega Müller

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