LOMA Orientadores Familiares

Artículos de interés para mejorar tu vida en familia


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¡Tú puedes ser el mejor padre de tus hijos!

ImagenPor: Raúl Espinoza Aguilera
Blog: www.raulespinozamx.blogspot.com

-¿De manera que para ser buenos padres hay que prepararse y estudiar?-me decía asombrado un joven obrero de unos 34 años, casado y con cinco hijos.

Esta era su conclusión, al término de una intensa capacitación de orientación familiar que varios directivos y profesores de “Educar, A. C.” impartimos a cuarenta padres de familia un fin de semana en una tranquila exHacienda de Morelos.

Me llamaba la atención que a medida que las conferencias y pláticas se desarrollaban, iban anotando muchas conceptos que consideraban útiles y aprovechables, haciendo preguntas, aclarando sus dudas con mucho interés, por ejemplo, acerca de la libertad responsable; las virtudes y valores que hay que inculcar en los hijos de acuerdo a su edad; el ayudarles a ser ordenados y aprovechar bien su tiempo; el ser generosos, obedientes y dóciles hacia sus padres, mayores y profesores; la educación en la fortaleza y la fuerza de voluntad; el ahorro y el uso del dinero; la educación en el carácter y en los sentimientos; importancia de ser sencillos y sinceros; la educación en la sexualidad bien orientada; el ser medidos en el comer y en el beber; el crecimiento y desarrollo en el espíritu de trabajo y rendimiento escolar…

Recuerdo que a algunos papás les tomó por sorpresa el tema de animar a los hijos, al llegar a la adolescencia, a ser autosuficientes, independientes, que se valieran por sí mismos y que aprendieran a cortar “el cordón umbilical paterno-filial”, siendo a la vez hijos obedientes, que pidieran los permisos necesarios, pero maduros. De igual manera, la educación en cultivar selectas amistades y el crecer en la capacidad de ser más sociables.

También se les hizo énfasis que no podían permitir sus hijos se convirtieran en “una especie de extraños moluscos”, siempre metidos en sus habitaciones a modo de “cómodas conchas”, entretenidos con la computadora, los celulares, chateando o en las redes sociales, viendo videos o bajando música porque en medio de tantos medios de comunicación, muchas veces no daban prioridad a sus estudios y tareas por cumplir y, por otra parte, era común el fenómeno de chicos aislados, retraídos, tímidos, con poquísimos amigos o con inseguridades a socializar con chicas de su edad.

Claro está que, en medio de este curso, se combinaban las actividades deportivas: ¡y los buenos partidos de fútbol no podían faltar!; los ratos recreativos como practicar la natación, subir algunos montes o cantar con la guitarra y el órgano melódico del maestro de música. Todo ese ambiente agradable se prestaba a que los padres comentaran o pidieran consejos, en plan personal, sobre qué hacer ante la formación de un hijo un tanto rebelde o con poco interés por los estudios.

-Es fundamental –le insistía a uno de ellos- que ustedes como padres de familia y nosotros como directivos y profesores, hagamos una labor de equipo –como en el fútbol- para ayudar mejor en la formación de sus hijos. A menudo sucede que los alumnos dan la impresión de ser estudiantes aplicados y “bien portaditos”, pero en casa tienen actitudes marcadamente egoístas y no se prestan a ayudar a su madre ni en las más mínimas tareas del hogar, o bien, ocurre con frecuencia que en la escuela se les enseñe la importancia de decir siempre la verdad pero al observar que sus padres mienten con facilidad, les producen mucho desconcierto y terminan por imitarles.

-Ahora veo con claridad –me decía otro padre de familia en el autobús de regreso de la exHacienda al colegio ubicado en Ixtapaluca- que es toda una ciencia el arte de educar acertadamente a los hijos y tengo que ponerme a estudiar en serio. Así que tendremos que platicar con regularidad, ¡porque quiero ser el mejor padre para mis hijos!-concluyó entusiasmado (1). (www.yoinfluyo.com)

(1) Confrontar Isaacs, David, “La Educación de las virtudes humanas y su Evaluación”, Editorial Minos III Milenio, México, 2011. 473 páginas. Se puede adquirir en el portal: http://www.minostercermilenio.com.

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Del noviazgo al matrimonio

Por Ma. Teresa Magallanes V.

Sabemos bien cómo puede empezar una relación entre hombre y mujer. Sin embargo, nunca se sabe cómo terminará. A veces todo comienza por compartir el salón de clase o los recesos en la universidad. Otras, porque se comparte el lugar de trabajo o porque se tienen amigos en común o incluso por ser una extensión de las relaciones familiares. Hoy en día, no son raros los casos de quienes se conocen a través de las redes sociales.

Hay relaciones entre un hombre y una mujer que se conservan en un nivel de amistad, sin que ninguno de los dos tenga interés de que ésta evolucione en sentido alguno. Otras veces, aunque así fue por algún tiempo, es posible que uno o los dos empiece a tener otro tipo de interés por el “amigo(a)”. La relación de amistad entre hombre y mujer se basa totalmente en el carácter de persona de ambos y no tiene nada que ver con su sexo.

Todos nos relacionamos desde lo que somos, hombre o mujer, pero podemos tener amistad con una persona independientemente de si es de nuestro sexo o de sexo diferente.

Cuando el interés de los amigos comienza a centrarse en el otro como sexualmente diferente, la relación cambia y tiende a convertirse en un noviazgo.

El noviazgo supone una decisión más o menos formal de profundizar en el conocimiento mutuo. Esto en virtud de que se ha iniciado un proceso amoroso, distinto a la amistad (que también es una forma de amor).

El proceso amoroso se basa en la comunicación y ésta genera el conocimiento propio y del otro. Del éxito de esta dinámica depende que el amor se desarrolle y madure a lo largo del tiempo.

¿Cuánto puede tomar a unos novios el madurar en el amor para pensar en tomar una decisión de por vida, llamada matrimonio?

El amor del noviazgo es un amor que tiende naturalmente a la unión. Al principio, esta tendencia se experimenta como la necesidad de compartir algunos tiempos. Poco a poco, la necesidad de pasar más tiempo juntos se siente con mayor intensidad. No se trata solamente de compartir el tiempo, se trata de profundizar en el conocimiento y crecer en el amor; se trata de conocer los ideales y los sueños del otro y dar a conocer los propios. Poco a poco, van empezando a compartirse dichos sueños y empiezan a forjar un proyecto común. En esta etapa de la relación, se empieza a experimentar tal identidad de proyecto de vida que ambos lo expresan con la frase “Yo, ¡ya no puedo vivir sin ti!” Además, en la medida en que el amor crece, su tendencia a la unión va reclamando también la unión sexual; sin embargo, esta unión es propia de un hombre y una mujer que se pertenecen uno al otro y ese no es el caso de los novios. Ellos se encuentran ahora ante la disyuntiva de lanzarse a ser, para siempre, el uno del otro, a establecer entre ellos esa unión total e irrevocable que llamamos matrimonio y que, por su propia naturaleza constituye la base de la fundación de una familia.

Según el Dr. Pedro Juan Viladrich[i], “el matrimonio es la fórmula óptima de relación sexual”. Por eso, cuando el noviazgo ha madurado, el amor ha crecido y las condiciones de autonomía e independencia de los novios están dadas, es el momento de plantearse la conveniencia de fijar la fecha para iniciar su matrimonio. Quién lo proponga, es algo que no tiene importancia. Existen ciertos rituales culturales que no necesariamente son indispensables. Lo importante es que el primero que detecta que “ha llegado la hora”, lo pregunte al otro, no sin miedo de recibir una respuesta inesperada.

Es muy importante respetar el desarrollo del proceso amoroso para llegar a iniciar un matrimonio con grandes posibilidades de éxito. No debe iniciarse un matrimonio antes de que la relación haya madurado lo suficiente pero, tampoco conviene aplazar la decisión cuando las condiciones están dadas. Hago mención de la autonomía y la independencia porque el matrimonio es cosa de adultos y no de jóvenes inmaduros y menos aún de adolescentes entusiastas.

Es necesario que los novios sean totalmente capaces de tomar decisiones personales libres, sin la influencia de otras personas. También es necesario que sean emocional y económicamente independientes. Si es indispensable la ayuda de “papi” para poner el departamento y pagar todos los gastos de la boda, parece que no es aún el momento de casarse. Si existe un apego excesivo entre cualquiera de los novios y sus “papis” tampoco es conveniente casarse. Hay que tomar en cuenta que la madurez del amor y el noviazgo dependen totalmente de la madurez de las personas.

En conclusión, para saltar del noviazgo al matrimonio, se necesitan un hombre y una mujer con la madurez necesaria para una decisión para toda la vida; un noviazgo y un amor maduros que augure el éxito matrimonial, porque no se trata de ver “si el matrimonio funciona”, se trata de un hombre y una mujer que se comprometen a hacerlo funcionar.

 

 

[i] Viladrich P. J., El compromiso en el amor, Ed. LOMA


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¿Qué se requiere para educar el carácter?

ImagenEn la juventud existe, normalmente, la necesidad de llegar a ser un hombre o una mujer de carácter. No nos estamos refiriendo sólo a su concepto psicológico (una forma peculiar de ser) sino, más bien, a su concepto ético (forma de vida moral asumida por cada persona).

El término «hombre o mujer de carácter», según Lersch, se atribuye a aquellos sujetos que en su actitud volitiva y en su modo de pensar están organizados de tal forma que revelan, por razón de la educación, una plena responsabilidad y consecuencia en su obrar y, por lo tanto, una regularidad en la conducta, así como también, en la firmeza y directriz unívoca de la vida, encaminándola hacia los valores éticos.

Cuando se considera al carácter desde su significación psicológica, se está designando cómo un individuo hace uso de sus distintas facultades para enfrentarse al mundo, diferenciándose de los demás, pero sin la exigencia de un ideal ético. Hay individuos que tienen un acusado sentido psicológico, pero carecen de sentido ético.

En la etapa juvenil —más claramente que en la etapa adolescente— aparece una evolución moral considerable. El joven empieza a ser una persona de carácter cuando se dispone al seguimiento constante y fiel de un ideal, eligiendo libremente los valores rectores de la vida y esforzándose por adquirirlos.

Juan Pablo II, gran conocedor de esta cuestión, exhorta a los jóvenes diciéndoles: «Modelad vuestro carácter mirando a Cristo (…). Vale la pena aceptar ahora la autodisciplina, que no sólo indica fuerza de carácter de vuestra parte, sino que ofrece también un servicio valioso a los demás (…). Esforzaos por formaros un carácter que sea fuerte, rico y coherente; que sea libre y responsable, sensible a los valores verdaderos; un carácter que asuma la superioridad del «ser» sobre el «tener», que aguante frente a los retos y tentaciones de la evasión, el compromiso fácil y el cálculo inhumano y egoísta».

Al principio se refiere a Cristo, el eternamente joven, como verdadera meta y camino, ya que el modelo para lograr ese carácter no puede ser el hombre, puesto que es incapaz de afrontar con sus solas fuerzas las insidias del mal.

Para ser «un hombre de carácter», Remplein propone que el joven debe protagonizar un proceso de maduración con dos sucesos: 1) la estabilización de la orientación personal de los valores, lo que constituye el núcleo del carácter, y 2) la constancia en la realización de los valores preferidos, formalizándose la «cristalización del carácter».

La educación es un resultado y un proceso. Se entiende por resultado la consecución de un cierto grado de perfección, de mejora personal, que antes no se tenía. El proceso se da cuando de manera constante y apropiada se ejercita la inteligencia y la voluntad.

Una adecuada educación consigue el desarrollo de una voluntad fuerte, decidida, tenaz, utilizando para ello el esfuerzo, la fuerza de ánimo y el autodominio. Sin embargo, esto no basta, ya que también quienes hacen el mal, son capaces de esforzarse, de ser tenaces, etc. Se necesita, además, orientar la voluntad al bien, procurando actuar conforme a las normas morales objetivas, para adquirir una «voluntad buena», mediante la repetición de actos morales buenos, tratando de no confundir el bien con la satisfacción de cualquier capricho.

Conviene destacar que toda educación (intelectual, afectiva, social, etc.) debe incidir en la voluntad, ya que esta facultad gobierna toda la vida psíquica. La bondad y utilidad de las restantes facultades y capacidades, dependerá del modo cómo la voluntad las utilice.  Por ejemplo, la educación de la afectividad requiere del control o autogobierno de las emociones y sentimientos por parte de la voluntad.

En la actualidad el papel de la educación de la voluntad adquiere especial relevancia, ya que parecen dominar el hedonismo, la superficialidad, el consumismo, el subjetivismo, el permisivismo, entre otros males. Tomás de Aquino afirma que «por la voluntad usamos de cuanto hay en nosotros, y por eso no se llama bueno al hombre con gran entendimiento, sino al que tiene buena voluntad».

Dr. José Antonio López Ortega Müller


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Una definición de familia y sus tipos

familia-numerosa1.jpegDefinir la familia es hoy una tarea difícil, especialmente por la diversidad de situaciones familiares, que sin ser nuevas, son cada día más frecuentes. Sin embargo, es posible definir la familia si nos centramos en lo que todos reconocemos que debe ser, es decir, en lo que sería deseable para todo ser humano que sea su familia. Cuando hablamos del deber ser, no estamos hablando de un imposible, sino de aquello hacia lo que se tiende y que puede alcanzarse —no sin esfuerzo— para el mayor bien del ser humano.

La familia es antes que nada una institución de orden natural. Esto está impreso en la realidad misma, en la manera de venir cada ser humano al mundo. El triángulo que forman el hijo, el padre y la madre, nos explica de forma evidente la naturaleza de la familia. En ese triángulo advertimos un grupo de personas que tienen entre sí vínculos de diversa índole. Esos vínculos tienen además una finalidad clara relacionada con el bien, no sólo del hijo en sus primeras etapas del desarrollo, sino de todas las personas que forman el grupo familiar primario. Si analizamos el origen de esta estructura familiar, nos damos cuenta de que antes del triángulo familiar se encuentra una sociedad más básica y original: la unión de un hombre con una mujer. Esta unión es propiciada y exigida por la naturaleza diferentemente sexuada del hombre y la mujer que les hace complementarios, no sólo en la generación de nuevos seres humanos, sino en la tarea de ayudar a esas personas engendradas por ellos a desarrollar todas sus capacidades y alcanzar su plenitud personal. Por eso podemos decir que la unión comprometida entre el hombre y la mujer, aún antes de que engendren hijo alguno, es ya una forma original y originaria de familia.

La familia es pues: una institución natural consistente en un grupo de personas que, surgido de la unión original de un hombre y una mujer, están unidas por vínculos  amorosos, de consanguinidad y jurídicos, para crecer ayudándose unos con otros, precisamente a través de las relaciones entre todos, a alcanzar el mayor grado de perfección personal posible.

En esta definición podemos encontrar muchos aspectos a considerar para estudiar a la familia.

Lo primero, reiteramos, es la manera natural de originar una familia: la unión comprometida, no casual ni solamente instintiva, de un hombre y una mujer. Aquí vemos como no toda relación sexual genera una familia, aunque de hecho pueda general un nuevo ser humano. El principio de la familia está fundado en la decisión libre del hombre y la mujer de unirse, de hacerse como uno, de comprometerse uno con la otra a compartir la vida en esa unidad, con la disposición de engendrar, según es natural a la unión entre hombre y mujer, a los hijos. Sabemos bien que lo aquí dicho pudiera general inconformidad en algunas personas. Más adelante explicaremos los diferentes tipos de familia que existen en la práctica. Aquí lo que se pretende es explicar lo que es la familia, como institución natural, es decir, lo que debe ser una familia, por el bien de toda persona humana.

La segunda nota característica de la familia es la unidad entre todos sus miembros. Esta unidad tiene diversas causas. La primera la hemos explicado ya, es la unidad entre quienes originan a la familia pero, además de la unidad original, se trata de conservar e incrementar esa unidad. Luego, de esta unidad, surge el vínculo biológico y jurídico, entre los padres y los hijos que normalmente es acompañado por un vínculo de tipo amoroso, puesto que lo natural en personas psicológicamente sanas es que amen a sus hijos. De la consanguinidad que tiene su origen en el hecho de tener los mismos padres, surge el vínculo fraterno que completa el primer nivel de las relaciones familiares.

La unión familiar tiene una finalidad muy clara. Los miembros de una familia están unidos por la necesidad que tienen unos de otros. Todo ser humano es un ser de aportaciones pero también es un ser de necesidades. Estas dos características implican la conveniencia de que el ser humano se relacione con los demás a fin de cubrir sus carencias y de aportar aquello que, siendo suyo, puede ayudar a satisfacer las necesidades de los demás. No existe ningún ámbito más apropiado a este intercambio de bienes que el de la intimidad y amor que puede ofrecer la familia. Por lo tanto, la familia es una necesidad para todo ser humano. Es la sociedad primaria. El ser humano tiene estructura familiar. Lo podemos ver muy claramente en el triángulo que explicamos al principio. Cuando un niño viene al mundo está ya biológicamente unido a sus padres, quienes antes se han unido entre sí. Por eso, lo humano es nacer, crecer, vivir y morir, como corresponde a la dignidad de persona, en el seno de la familia.

Hasta aquí hemos hablado de la familia nuclear. Se le llama así, por ser ésta estructura, el núcleo de una forma más amplia de familia que, teniendo como su principio la misma unión entre un hombre y una mujer, genera, más allá de lo nuclear un enorme número de relaciones secundarias entre otros familiares como son: abuelos, tíos y primos en diversos grados. Son las uniones entre hombre y mujer, el origen también de la familia extensa. Gracias a la unión de los abuelos de ambos lados, existieron el padre y la madre de una nueva familia nuclear y si ellos tienen más de un hijo, surge la relación de hermanos; gracias a la existencia de los hermanos de los padres, puede existir la relación de tíos y sobrinos; gracias a que los hermanos de los padres generan nuevas familias nucleares al unirse con una persona de sexo complementario y tener sus propios hijos, se genera la relación de los primos.

Hoy por hoy, en los países Europeos, donde la fórmula familiar es: cuatro, dos, uno, es decir, cuatro abuelos, dos padres, un hijo, en dos generaciones se han borrado casi por completo las relaciones familiares secundarias de tíos y primos, puesto que al no haber hermanos, en la siguiente generación no existen ya todos esos miembros de la familia extensa. Por lo tanto la existencia de la familia extensa se basa en gran medida en la existencia de hermanos en la familia nuclear. Con el alargamiento de la vida, gracias al avance de la ciencia, la fórmula familiar será muy pronto: ocho bisabuelos, cuatro abuelos, dos padres y un hijo. Esto genera una pirámide poblacional, cuyos graves problemas aún no se vislumbra como podrán resolverse. La preocupación de los gobiernos de los países Europeos les ha llevado a implementar campañas para favorecer la natalidad, ofreciendo para ello todo tipo de incentivos a las parejas para que tengan, no sólo dos sino, un tercer hijo.

En nuestro País, los vínculos familiares, no sólo de la familia nuclear sino aún los de la familia extensa, son todavía muy fuertes. Esto particularmente en la familia rural, ya que en la urbana se van debilitando las relaciones secundarias: abuelos, tíos y primos, debido al vertiginoso estilo de vida citadino y al hecho de la lejanía física entre los diferentes miembros de la familia extensa. Esto significa una pérdida de la riqueza que puede ofrecer una familia, donde se cuenta con toda la gama de relaciones familiares, que pueden ser muy benéficas para el desarrollo de la personalidad. La familia es la primera escuela de virtudes sociales y no cabe duda que a mayor número de relaciones familiares mayor desarrollo de estas virtudes en las personas.

Cuando hablamos de la familia urbana y la familia rural, no nos referimos a una diferencia que afecte a la naturaleza de la familia. Más bien se trata de una cuestión situacional, de mayor o menor posibilidad de cultivar las relaciones familiares, sin que esto implique una diferencia sustancial.

Tipos de familias

Hasta ahora hemos hablado de dos tipificaciones clásicas de las familias: nuclear y extensa; rural y urbana. En estas clasificaciones nos referimos siempre a la normalidad de la familia, a lo que en ella es natural. Ahora vamos a ver otras clasificaciones de familias.

Sería maravilloso que todas las familias fueran tal como es natural y deseable que sean. Sin embargo la realidad nos muestra que son muchas las familias que no corresponden a la definición que hemos dado, y que aún correspondiendo a esa normalidad original, no se desarrollan como convendría a sus miembros que lo hicieran. Por eso vamos a estudiar varias realizaciones imperfectas de familia que existen en la realidad nacional, a quienes los orientadores familiares tienen la enorme tarea de ayudar a mejorar como familias, favoreciendo, con un trabajo profesional de alta calidad, la mejora de las personas que participan en los diferentes programas.

Existen familias funcionales, es decir, que funcionan como se espera de una familia, no porque en ellas no surjan problemas y conflictos sino porque saben solucionar los primeros y resolver los segundos con un nivel de éxito satisfactorio. En estas familias, la lucha por salir adelante con la colaboración de todos sus miembros, los problemas y conflictos resueltos, fortalecen más su unidad y acrecientan el amor entre ellos. En cambio hay familias disfuncionales, que no logran sobreponerse a las dificultades de las relaciones familiares. Estas familias necesitan de la orientación familiar para encontrar la manera de recuperar su funcionalidad. Finalmente hay familias patológicas. Son familias, que además de la orientación familiar, requieren una atención especializada por existir en alguno(s) de sus miembros problemas graves de salud psicológica y/o física que les impiden encontrar el camino para unas relaciones familiares sanas. En estos casos, el trabajo del orientador familiar debe apoyarse en la atención de un buen psicólogo, y en ocasiones de un buen psiquiatra, para un trabajo interdisciplinario que ayude efectivamente a esa familia a recuperar gradualmente la normalidad.

Se puede decir que la familia funcional y la disfuncional, son familias normales. La segunda con mayores dificultades que la primera, pero sin rebasar las fronteras de la normalidad. Sin embargo la familia patológica puede considerarse anormal. Por lo tanto, podemos clasificar también a las familias como: normales y anormales.

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También podemos clasificar a las familias como: completas e incompletas. Entre las familias completas se pueden encontrar aquellas que están formadas por los padres y los hijos (familia nuclear) con las correspondientes relaciones, más o menos intensas, con la familia extensa. También podemos considerar como completas a las familias en las que el padre está físicamente ausente, por ej.: por migración hacia el lugar de trabajo, pero cumple en la medida de lo posible con sus responsabilidades de padre.

Entre las incompletas se encuentran aquellas familias en las que la ausencia de alguno de los miembros de la familia  nuclear, el padre, la madre o los hijos, es ajena a su voluntad. Por ej.: una familia donde el padre o la madre están ausentes por muerte, o donde no hay hijos por esterilidad de uno o los dos. Estas son familias normales aunque estén incompletas. En cambio cuando la ausencia es ocasionada de forma voluntaria por algunos de los miembros, por ej.: por el abandono del padre o la madre, por divorcio o por esterilización voluntaria, estamos ante familias incompletas, que no son normales porque no corresponden a lo que es natural en la familia. Entre estas familias podemos considerar a las que estando formalmente constituidas, sufren el abandono del padre o de la madre, por la causa que sea; a las familias de madres solteras o padres solteros, que no se fundamentan en la unión comprometida entre el hombre y la mujer y que, además, carecen de uno de sus miembros principales por razones diversas: por abandono del padre o de la madre o por decisión de la mujer de tener un hijo sin vínculo alguno con el hombre. Entre los padres solteros se encuentran principalmente los casos de quienes han quedado al cuidado de los hijos por abandono de la mujer, con la que no les unía vínculo jurídico alguno. Estas familias son incompletas y no se consideran normales. Entre las familias incompletas por causa del divorcio de los padres, habrá que distinguir dos subtipos de familia. Algunas de ellas, siendo incompletas por no compartir el hogar familiar, son “completas” en cambio porque el padre o la madre ausentes comparten el cuidado y educación de los hijos turnándose la responsabilidad en tiempos definidos de común acuerdo, y en la que los padres guardan entre sí una relación de mutuo respeto. Caso muy distinto es el de las familias en las que el divorcio causa la carencia de toda presencia, responsabilidad y acción educativa respecto de los hijos por parte de uno de los padres. Estas son familias real y voluntariamente incompletas. En ellas, generalmente la conflictiva entre los padres se recrudece con el divorcio y afecta de modo importante a los hijos, a quienes se convierte en campo de batalla o en armas en manos del padre y la madre para agredirse mutuamente.

Por su modo de iniciarse podemos distinguir a las familias de origen matrimonial de las que proceden de concubinato, “unión libre”, o amasiato. De estas familias, las procedentes de la unión matrimonial, son familias normales, no así los otros casos. Independientemente de su origen, las familias pueden asemejarse más o menos a lo que debe ser una familia. Hay familias iniciadas por un concubinato que, sin embargo, llegan a tener una dinámica familiar apropiada: tienen una relación amorosa, los padres aunque informalmente unidos, se comportan como si fueran un matrimonio, aman a sus hijos y hacen por ellos todo lo que la razón y el sentido común les dictan, buscando su bien. En estos casos, si la pareja vive la fidelidad y no prevén la posibilidad de separarse, se puede hablar de una familia fundada en un “matrimonio natural”, aunque entre ellos no hayan intercambiado un consentimiento matrimonial, de manera formal, expresado ante la sociedad. Lo único que distingue a este tipo de familia de la familia completamente normal es precisamente la formalidad ante la comunidad en la que viven. Sin embargo hay muchas otras familias originadas en un concubinato que no se pueden describir de la misma manera ya que los que las inician ni son, ni se comportan como esposos. No son fieles, constantemente están tentados a separarse y no ofrecen a sus hijos la mínima seguridad de unidad, necesaria para su desarrollo.

Un caso muy diferente es el de las familias surgidas de una “unión libre”. Se le ponen comillas porque este tipo de relación entre hombre y mujer no es realmente unión porque ellos no quieren que lo sea, y, además, porque tampoco se le puede llamar libre puesto que no se establece mediante un acto consciente y voluntario, libre, de hacerlo. En este tipo de familia la tónica de la pareja es la inseguridad acerca del futuro de la relación y, los hijos, si los hay, se ven también afectados por la continua amenaza de desintegración inscrita en la misma fórmula familiar, carente de todo compromiso.

Otro tipo de familia es aquella que se funda en una relación de amasiato, entre una persona casada y otra, ya sea casada o no. Son familias basadas en el adulterio de sus componentes principales, los padres. En estos casos, estamos ante una doble anormalidad: la de no estar fundadas en una unión matrimonial, y la de suponer una enorme injusticia para la(s) familias original(es) del hombre y la mujer. En estos casos, como en todos en los que se trata de familias anormales, desintegradas, incompletas, disfuncionales o patológicas, los hijos son víctimas inocentes de la situación, causada por la conducta de sus padres.

Debemos considerar también otro tipo de familias, las familias adoptivas o adoptantes. Aquellas en las que los esposos han completado su familia por medio de la adopción. En esos casos estamos ante una familia normal, aunque los hijos no lo sean desde el punto de vista biológico. Es muy importante fomentar la cultura de la adopción, que favorece el que quienes no cuentan con una familia completa, esposos o niños, puedan completarse mutuamente, integrándose en familias donde puedan todos crecer como personas de acuerdo a su dignidad.

Otra fórmula familiar que ayuda a suplir las carencias, es la familia sustituta, aquella en la que la ausencia de los padres es cubierta por otra familia, como pueden ser los abuelos, los tíos, o incluso un matrimonio, con hijos o sin ellos, que se ofrezca a hacerla de padres para unos hijos que así lo necesitan, sin que medie la figura de la adopción. Esto puede ser por muerte de los padres, o en casos en los que ellos estén privados de su libertad. En esos casos, lo adecuado es que un juez de lo familiar resuelva lo que conviene al mejor interés de los niños.

Finalmente habrá que hablar de familias reintegradas. Son aquellas en las que luego de una ruptura se consigue restituir la unidad de la familia luego de un proceso largo y trabajoso de orientación familiar y tal vez de terapia psiquiátrica o psicológica. Conviene advertir que toda familia puede siempre mejorar, que no podemos dar a ninguna por perdida y, en este sentido, la labor del orientador familiar consiste en ayudar a cada familia, sea cual fuere su situación, a acercarse lo más posible a lo que debe ser una familia, favoreciendo así la mejora de todos sus miembros y por consecuencia la mejora de la sociedad.

¿Cuáles son entonces las características de una familia normal tal como la exige la naturaleza de todas las personas que la forman?

La familia normal es aquella que se funda —tal como su naturaleza lo exige— en un matrimonio: unión exclusiva y permanente entre un hombre y una mujer, abierta a la fecundidad, a la posibilidad de tener hijos, independientemente de que puedan o no tenerlos. Es una familia que se completa y que se extiende a los otros familiares, más allá de la familia nuclear, formando con ellos una familia extensa. Es una familia que está integrada y que funciona como se espera de ella, resolviendo entre todos los problemas que la vida va presentando, sin que se resquebrajen las relaciones amorosas entre todos sus miembros. Es una familia que mira al futuro esperanzada, porque las nuevas generaciones así lo exigen. Es una familia que construye la sociedad, pieza por pieza, y constituye la fortaleza misma de la sociedad en la que se desenvuelve.

El reto de la orientación familiar consiste en ayudar a lograr cada vez más familias como éstas, contribuyendo así a la mejora social, a un mejor futuro para los mexicanos por nacer, a la construcción de una Patria más noble, próspera y humana.

María Teresa Magallanes Villarreal


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“La felicidad es la contemplación amorosa de lo que amamos”

ImagenEn el sexto aniversario del fallecimiento de nuestro querido Dr. José Antonio López Ortega Müller, cofundador de nuestra institución y esposo de nuestra directora María Teresa Magallanes, les queremos compartir éste, su último mensaje a los radioescuchas del programa “Todo México somos hermanos”:

“Un mensaje para todos los radio escuchas, porque creo que es conveniente que establezcamos con ustedes algo que pudiera serles de utilidad. Y creo que lo que más, en este momento, pudiera servirles es el que puedan descubrir ustedes el sentido de la vida.

El proyecto vital se perfila cuando se encuentra la verdad, que va a inspirar los propios ideales, esperanzas y expectativas. Hay características en el mundo actual, que podríamos decir que va corriendo desaforadamente hacia ninguna parte, porque no sabemos hacia dónde estamos dirigiendo nuestros pasos. Se desconoce de dónde vengo, quién soy y a dónde voy.

No sabemos qué mundo queremos para nosotros y qué mundo queremos para los nuestros. Y pues todo esto nos debe llevar a considerar que tenemos que ser una persona que esté en constante disposición para encontrar ese proyecto vital, y ésta es una buena oportunidad para pensar en ello.

La madurez en una persona consiste en conocer, asumir y recorrer la distancia que separa el ideal de su realización. Dentro de la vida tenemos, generalmente, dos posturas: una, optimista y constructiva, y la otra, pesimista o pasiva.

Un buen proyecto vital y una vida bien planeada, pues, hace que nosotros tengamos mucho que ver con el tema de las convicciones que mueven al ser humano a la realización a largo plazo, teniendo claro el fin que se pretende.

Esto nos debe de llevar a considerar el camino que debemos de tener para dirigir nuestra vida, dándole un sentido. Las convicciones contienen las verdades inspiradoras de nuestro proyecto vital. Con ellas se perfecciona el “arte de vivir”.

Todo esto, indiscutiblemente, exige de una tarea o trabajo que hay que realizar. La propia vida humana puede concebirse como “la tarea de alcanzar la felicidad”, tiene la estructura de la esperanza, pues ésta se funda en la expectativa de alcanzar en el futuro el bien amado, aun cuando pueda ser difícil y haya que hacer gran esfuerzo para conseguirlo.

El sentido de la vida aparece, entonces, como una tarea que hay que realizar para alcanzar ese bien.

Para esa tarea se distinguen varios elementos fundamentales. Uno de ellos es la ilusión, es decir, la realización anticipada de nuestros deseos y proyectos. Proporciona optimismo y nos impulsa hacia adelante. Su ausencia, la ausencia de la ilusión, provoca el pesimismo y la parálisis de la acción, pues suprime la esperanza de alcanzar lo que se busca, al declarar que no es posible, que no hay nada que hacer.

La ilusión produce alegría, nos induce a querer ser más de lo que somos, es el requisito para el verdadero crecimiento humano. Es una motivación para actuar.

En segundo lugar, pudiéramos decir, la tarea necesita un encargo inicial, es decir, una petición de que la llevemos a cabo, una orden que nos ponga en marcha, una visión que nos sea encomendada. Los proyectos vitales son muchas veces fruto de una llamada que alguien nos hace para que los asumamos, puesto que la vida humana no se construye en solitario. A esta tarea corresponde la pregunta: ¿qué tenemos qué hacer?

En tercer lugar, la realización de los ideales, que exige una creatividad, una inventiva para encontrar el camino. Los recursos siempre resultan escasos para la tarea que queremos llevar a cabo. Surge así una ayuda acompañante que proporcione nuevos recursos para atender a las necesidades que van surgiendo al llevar adelante la tarea.

En cuarto lugar, toda tarea humana encuentra dificultades y conlleva riesgos. Lo más normal, entonces, es que encontremos adversarios, es decir, personas que se opongan a aquellas actividades que estamos realizando; o la paralizan o dificultan aun sin proponérselo.

Las dificultades de la tarea son connaturales a ella. Cuanto más alta es la empresa que estamos llevando a cabo, mayores son esas reacciones. Sabemos que hay muchas formas de realizar la verdad o de rechazarla y aquí se experimentan.

En quinto lugar, el bien futuro que pretendemos no es para nosotros solos. El fin de la tarea es llegar a donde queríamos, conseguir el fruto, el resultado.

La esperanza es incompatible con la soledad. En toda tarea, no cabe duda que hay un beneficiario, una persona distinta al sujeto que la realiza, que recibe los beneficios que produce. A él se le otorga el fruto de nuestros esfuerzos. Alguien sale ganando.

La plenitud de la tarea es que el fruto repercuta en otros, que nuestro esfuerzo se perpetúe en forma de don y beneficio para los demás, para las instituciones y la sociedad.

Podríamos dar una definición del sentido de la vida: sería la percepción de la trayectoria satisfactoria o insatisfactoria de nuestra vida; es decir, alcanzar a ver a dónde lleva, tener una percepción de su orientación general y de su destino final.

Entonces, una de las cuestiones interesantes es tener una tarea que nos ilusione ¡y enfrentarnos con verdades grandes!

¿Qué tanto nos importa la verdad?, podríamos preguntarnos. El tener la respuesta ayudará a encontrar el camino. Y, digamos, reconocer cuáles son los valores verdaderamente importantes para nosotros. También podríamos preguntarnos, ¿por qué y para qué estoy aquí?, ¿por qué y para qué existo?, ¿qué debo hacer?

La felicidad consiste en alcanzar la plenitud, la cual está en el fin, que es lo primero que se desea, y lo último que se consigue. Uno es feliz cuando llega a un lugar largamente deseado y ya no tiene que ir a ningún otro, entonces, puede descansar, porque no hay tareas pendientes. La felicidad es la contemplación amorosa de lo que amamos.

Este es el mensaje que yo quisiera dejarles en esta ocasión.”