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Hacer familia es un arte: Aprender a convivir

Por Ma. Teresa Magallanes Villarreal

Todos queremos tener una linda familia, donde el amor y la armonía sean constantes en el ambiente familiar.  Eso no es fácil pero, ¡tampoco es imposible!

Una característica de la familia es que todos sus miembros conviven en un mismo hogar. Lo que les hace convivir es, no sólo las necesidades que ahí  se pueden satisfacer, sino, sobre todo los vínculos que les mantienen unidos: los vínculos biológicos que existen entre padres e hijos y entre hermanos, y  sobre todo el vínculo que existe entre  el hombre y la mujer que libremente decidieron compartir la vida, tener hijos y formar una nueva familia. Sin embargo ninguno de esos vínculos une realmente si no existe, se ha debilitado o roto, el vínculo del amor entre los miembros de la familia.

¿Qué papel juega la convivencia en el fortalecimiento del amor entre los miembros de una familia?

Convivir quiere decir “vivir con” otras personas. Sin embargo muchas veces la convivencia se reduce a “vivir junto a, o al lado de” otras personas. Esto es así cuando en la convivencia familiar no existe una verdadera cercanía entre sus miembros; cuando a cada uno le tiene sin cuidado lo que interesa, preocupa o alegra a los demás. Hoy estamos viviendo en familias que yo suelo llamar “familia archipiélago”. Son familias en las que sus miembros viven en una misma casa pero en verdad cada uno vive solo; cada uno tiene su espacio privado, su televisión, su laptop, sus programas de juegos, pero no comparte nada con los demás. Eso es un archipiélago: muchas islas cercanas entre sí pero separadas, que siguen estando aisladas, no forman nunca un todo con las demás.

La unidad familiar requiere de una verdadera convivencia. El segundo requisito será  el que esa convivencia sea sana, positiva, que favorezca el desarrollo de la relación entre los miembros de la familia y haga crecer el amor entre todos.

A veces la idea de la convivencia familiar se asocia solamente con las vacaciones o actividades recreativas, olvidando que hay muchas otras situaciones que son verdadera convivencia familiar: comer o cenar todos juntos, ver una misma televisión y comentar los  contenidos, colaborar en la limpieza de la casa de forma organizada, conversar sobre los sucesos de cada uno al final del día, jugar de diferentes formas, y una infinidad de formas de convivencia que la creatividad personal de los miembros de la familia pueda sugerir.

El éxito de la familia, el que sea verdaderamente unida, feliz, y por lo tanto cumpla con su misión de ayudar a desarrollar al máximo la personalidad de sus miembros, depende de la intensidad y calidad de la convivencia familiar.